Lidia Arrocha reunida con un empresario durante un proceso de consultoría estratégica para mejorar el rendimiento empresarial

Lo que muchos empresarios no quieren reconocer

A lo largo de mi trayectoria profesional he conocido empresarios de todo tipo. Algunos llegaban buscando más clientes. Otros querían mejorar sus ventas. Algunos necesitaban reorganizar su empresa y otros simplemente sentían que algo no funcionaba.

Sin embargo, una de las historias que más me marcó me enseñó algo que jamás olvidé.

Muchas veces el problema no está en la empresa.

Está en la vida del empresario.

Hace años recibí una llamada de una agencia de publicidad. Estaban desesperados. Tenían un cliente que no conseguían ayudar y estaban convencidos de que iban a perderlo.

Recuerdo perfectamente aquella conversación.

«Lidia, por favor, tienes que venir. Esta tarde vamos a perder al cliente.»

Siempre me han atraído los casos difíciles. Cuando una empresa siente que ha probado de todo y sigue sin encontrar respuestas, normalmente la solución está en un lugar donde nadie ha querido mirar.

Aquella misma tarde conocí a Julián.

Cuando una empresa parece tener un problema empresarial

Julián era propietario de una empresa consolidada. Había trabajado duro durante años para construir un proyecto sólido. Sin embargo, estaba agotado.

Me habló durante horas.

Como siempre hago, le escuché.

No me gusta interrumpir.

Necesito comprender lo que una persona siente antes de intentar ofrecer soluciones.

Después de escucharle le expliqué cómo veía la situación y le pedí algo que muchas veces genera resistencia.

Quería observar una reunión con su equipo.

Quería verlo trabajar.

Quería entender cómo funcionaba realmente aquella empresa.

Para mi sorpresa aceptó inmediatamente.

Incluso insistió en que la reunión fuera al día siguiente.

A las siete de la mañana.

Aquello me llamó mucho la atención.

Normalmente las empresas ponen obstáculos.

Julián me estaba abriendo todas las puertas.

Un equipo que admiraba a su CEO

Al día siguiente llegué a la empresa.

Observé la reunión desde otro despacho.

Y lo que encontré me sorprendió.

Los empleados estaban comprometidos.

Existía confianza.

Había respeto.

Había comunicación.

Incluso compartían tiempo juntos fuera del trabajo.

La relación entre Julián y su equipo era excelente.

Cuando posteriormente hablé con ellos, ninguno tenía una mala palabra hacia su jefe.

Todo lo contrario.

Lo admiraban.

Lo respetaban.

Querían ayudarle.

Sin embargo, todos coincidían en algo.

Julián estaba nervioso.

Siempre parecía preocupado.

Nunca estaba satisfecho.

Aunque las cosas salieran bien.

Aunque los resultados fueran positivos.

Aunque el equipo respondiera.

Parecía incapaz de disfrutar.

Cuando el problema no está en la empresa

Aquello despertó mi curiosidad.

Seguimos trabajando.

Realizamos cambios.

Mejoramos procesos.

Reforzamos algunas áreas.

Los empleados colaboraron enormemente.

Durante meses observé a Julián.

Y cuanto más observaba, más claro tenía algo.

El problema no estaba en la empresa.

La empresa funcionaba.

El equipo funcionaba.

Los resultados eran buenos.

Sin embargo, él seguía igual.

Dormía poco.

Estaba nervioso.

No conseguía desconectar.

No disfrutaba de sus logros.

Tres meses después decidí hacerle una pregunta diferente.

Le dije que podía responder o no.

Que estaba allí para ayudarle.

Y entonces le pregunté algo que no esperaba.

¿Cómo estaba su relación de pareja?

La pregunta que nadie esperaba

Se quedó en silencio.

Durante unos segundos no dijo nada.

Y entonces hizo algo que jamás olvidaré.

Llamó a su esposa.

Le pidió que acudiera a la empresa.

Quería responder aquella pregunta junto a ella.

Cuando llegó volvimos a sentarnos.

La conversación fue sincera.

Muy sincera.

Poco a poco empezaron a aparecer respuestas que nada tenían que ver con la empresa.

Llevaban años dedicando toda su energía al trabajo.

A las responsabilidades.

A los hijos.

A los compromisos.

Habían dejado de cuidarse.

Habían dejado de buscar tiempo para ellos.

La complicidad había desaparecido.

La conexión emocional se estaba perdiendo.

Las discusiones eran cada vez más frecuentes.

Y ninguno de los dos estaba realmente feliz.

La conexión entre liderazgo y vida personal

Muchos empresarios creen que pueden separar completamente su vida personal de su vida profesional.

La realidad es muy diferente.

La propia Harvard Health Publishing ha publicado numerosos estudios sobre cómo las relaciones personales influyen directamente en el bienestar emocional, la gestión del estrés y la calidad de vida.

Por su parte, la Mayo Clinic destaca la importancia de las relaciones personales saludables para reducir el estrés y mejorar el bienestar general.

Cuando un empresario vive agotado emocionalmente, esa situación termina afectando a todas las áreas de su vida.

Afecta a la concentración.

Afecta a la toma de decisiones.

Afecta a la creatividad.

Afecta al liderazgo.

Por eso muchas veces una estrategia empresarial para CEOs en Madrid debe empezar mucho antes de analizar números o campañas.

Debe empezar analizando a la persona.

Lo que muchos empresarios no quieren reconocer

Muchos empresarios buscan soluciones externas.

Contratan consultores.

Cambian estrategias.

Invierten en publicidad.

Intentan mejorar sus ventas.

Sin embargo, pocas veces se preguntan:

¿Cómo está mi vida personal?

¿Cómo está mi relación de pareja?

¿Estoy cuidando a las personas más importantes de mi vida?

Como especialista en consultoría empresarial para empresas en España, he comprobado que muchas veces el bienestar emocional del empresario tiene un impacto directo sobre la evolución de la compañía.

No es casualidad que organismos como la Cámara de Comercio de Madrid destaquen la importancia del liderazgo y el desarrollo de talento como elementos fundamentales para el crecimiento empresarial.

Tampoco es casualidad que entidades como la Spain-US Chamber of Commerce Miami trabajen constantemente con empresarios que entienden que el crecimiento sostenible requiere equilibrio personal y profesional.

Incluso la propia ICEX España Exportación e Inversiones insiste en la preparación integral del empresario para afrontar procesos de crecimiento e internacionalización.

La comida que nunca olvidaré

Un mes después recibí una invitación inesperada.

Querían que fuera a comer a su casa.

Intenté convencerles de que nos reuniéramos en un restaurante.

Insistieron.

Querían recibirme en familia.

Acepté.

Durante aquella comida ocurrió algo que jamás olvidaré.

Su hijo mayor me miró y me dio las gracias.

Le pregunté por qué.

Y me respondió algo que todavía recuerdo.

Me dijo que antes sus padres apenas se hablaban.

Que discutían constantemente.

Que el ambiente en casa era completamente diferente.

Y que ahora volvían a buscarse.

Volvían a compartir tiempo juntos.

Volvían a sonreír.

Cuando preguntó qué había pasado, sus padres le dijeron algo muy sencillo.

«Lidia nos recordó algo que habíamos olvidado.»

La lección que me enseñó Julián

Trabajé durante un año con aquella empresa.

Y durante meses también colaboré con su esposa.

Todavía hoy mantenemos una buena relación.

Aquella experiencia me enseñó algo que jamás he olvidado.

Las empresas están dirigidas por personas.

Y las personas no dejan sus emociones en la puerta de la oficina.

Si eres CEO, fundador o empresario y sientes que algo no termina de funcionar, quizá debas hacerte una pregunta diferente.

No preguntes únicamente cómo están tus ventas.

No preguntes únicamente cómo está tu marketing.

Pregúntate también:

¿Cómo está tu familia?

¿Cómo está tu relación de pareja?

¿Cómo estás tú?

Porque en ocasiones, el verdadero cambio que necesita una empresa comienza mucho antes de entrar en la oficina.

Y eso es algo que muchos empresarios todavía no quieren reconocer

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