LinkedIn: crecer con estrategia
Hace tiempo que quería escribir sobre crecimiento orgánico en LinkedIn, pero quería hacerlo cuando tuviera algo más que una teoría que contar.
Hoy mi perfil profesional ha alcanzado los 10.001 seguidores en LinkedIn.
Podría quedarme con esa cifra.
Podría hablar simplemente de crecimiento, seguidores, alcance o visibilidad.
Pero para mí el verdadero resultado no son los 10.001 seguidores.
El resultado está en comprender por qué llegaron, qué cambió cuando empecé a utilizar LinkedIn de otra manera y por qué desde Rapsodia Empresas insistimos tanto en que una empresa debería conocer primero a su cliente potencial antes de empezar a invertir dinero en publicidad.
Porque crecer no consiste únicamente en conseguir que más personas te vean.
Consiste en conseguir que las personas adecuadas entiendan que les estás hablando a ellas.
Antes de invertir en publicidad, hay algo que debemos entender
Desde Rapsodia Empresas siempre defendemos que una empresa debería trabajar y validar su comunicación orgánica antes de lanzarse a invertir dinero sin una estrategia clara.
Eso no significa que una empresa tenga que alcanzar miles de seguidores antes de hacer publicidad.
Tampoco significa que la publicidad digital no funcione.
Significa algo mucho más sencillo.
Si todavía no sabes quién es tu cliente potencial, qué mensaje consigue captar su atención, dónde se encuentra o qué necesita escuchar de tu empresa, invertir dinero no resolverá automáticamente ese problema.
Puedes conseguir impresiones.
Puedes conseguir clics.
Puedes conseguir visualizaciones.
Pero el retorno puede ser muy diferente cuando previamente has entendido qué comunicación conecta con tu mercado.
La publicidad puede amplificar un mensaje.
La pregunta es: ¿qué mensaje estás amplificando y ante quién?
Durante mucho tiempo estuve alejada de LinkedIn
Curiosamente, yo misma tardé tiempo en comprender el potencial que LinkedIn tenía para Rapsodia Empresas.
Publicaba en otras plataformas y LinkedIn no ocupaba el lugar que ocupa actualmente dentro de nuestra estrategia.
Hasta que un día decidí estudiar la plataforma.
No quería saber simplemente cómo publicar en LinkedIn.
Quería entender quién estaba allí.
Y entonces apareció una evidencia.
Rapsodia Empresas trabaja fundamentalmente con empresas, empresarios, autónomos, pymes y microempresas.
¿Dónde tenía sentido que desarrollara una parte importante de mi comunicación?
En una red profesional en la que se encontraban precisamente muchas de las personas con las que quería establecer relaciones empresariales.
Parece evidente cuando lo explico ahora.
Para mí también debería haberlo sido.
Pero no lo había visto así.
Al principio buscaba yo a las empresas
Cuando empecé a utilizar LinkedIn de una forma más estratégica, inicialmente escribía directamente a personas y empresas.
Era yo quien las buscaba.
Era yo quien iniciaba el contacto.
Y entonces empecé a publicar explicando qué hacíamos, cómo trabajábamos y cómo entendíamos determinados problemas empresariales.
Pero poco a poco comprendí algo que cambiaría mi forma de utilizar la plataforma.
Dejé de publicar y empecé a comunicar.
Puede parecer exactamente lo mismo.
No lo es.
Publicar consiste en poner contenido delante de una audiencia.
Comunicar implica saber a quién quieres hablarle, qué quieres que comprenda y por qué aquello que estás diciendo debería importarle.
Cuando hice ese cambio, empezó a ocurrir algo muy interesante.
Yo continuaba buscando a mi público.
Pero mi público también empezó a encontrarme a mí.
Ahí comprendí nuevamente el enorme poder de la comunicación.
Empecé a aplicar el Método OÍDA® a mi propia empresa
En Rapsodia Empresas existe una regla que para mí es importante: no quiero ofrecer una herramienta que yo misma no haya probado.
Por eso decidí aplicar el Método OÍDA® a nuestra propia comunicación.
No quería demostrar que podía conseguir seguidores.
Quería comprobar cómo respondía nuestra propia audiencia cuando la comunicación se construía pensando realmente en ella.
Y para entender de dónde viene OÍDA® tengo que retroceder muchos años.
Muchísimos.
Todo empezó cuando tenía aproximadamente ocho años
Cuando era pequeña ocurría algo curioso en mi casa.
Llegaban los anuncios de televisión y mucha gente aprovechaba aquel momento para levantarse.
Yo hacía exactamente lo contrario.
Me quedaba mirando.
Para mí, los anuncios eran casi un regalo.
Observaba las marcas.
Escuchaba las palabras.
Intentaba entender qué querían decir.
Pensaba cómo habría cambiado yo una frase para conseguir que el mensaje tuviera otro significado o provocara otra reacción.
Recuerdo que algunas amigas me decían que escribiera a aquellas marcas para contarles mis ideas.
Mi respuesta era lógica para una niña:
«No puedo. Soy demasiado pequeña. No me van a hacer caso».
Pero seguía haciéndolo.
Mi padre se sentaba conmigo a ver los anuncios
Hay un recuerdo de aquella época que permanece especialmente conmigo.
Mi padre también disfrutaba de la publicidad.
Cuando estaba conmigo, se sentaba a mi lado y veíamos los anuncios.
Yo apenas tenía ocho años, pero vivía aquellos mensajes intensamente.
Escuchaba cada palabra.
Observaba cómo aparecía el producto.
Me fijaba en lo que una marca decía y también en lo que yo habría dicho de otra manera.
Por supuesto, entonces no sabía que aquello acabaría teniendo relación con mi profesión.
Simplemente me divertía.
Y precisamente por eso seguí haciéndolo.
De observar publicidad a estudiar comunicación
Pasaron los años.
Durante determinadas etapas estuve más alejada profesionalmente del mundo publicitario, pero nunca desapareció aquella manera de observar.
Continué estudiando.
Continué aprendiendo.
Y, sobre todo, continué adaptándome.
Porque la comunicación cambia.
Cambian los medios.
Cambian los consumidores.
Cambian las plataformas.
Cambian las formas de comprar.
Y ahora también está cambiando profundamente la manera en que buscamos información y tomamos decisiones.
Pero durante todos esos años no estudié únicamente qué quería hacer.
También estudié algo que considero igual de importante:
qué no quería hacer.
Observar una comunicación que no funciona también enseña.
Ver cuándo una marca habla constantemente de sí misma sin conseguir conectar con quien la escucha también enseña.
Comprender por qué determinadas palabras captan nuestra atención y otras pasan completamente desapercibidas también enseña.
Todo aquello fue acumulándose.
Una reunión empresarial me hizo comprender que debía proteger lo intangible
Muchos años después asistí a una reunión de empresarios.
Allí se habló de algo que terminó siendo determinante para mí:
las empresas también tienen que proteger sus activos intangibles.
Aquello me hizo pensar.
Yo llevaba años desarrollando una forma propia de trabajar la comunicación.
Había conocimiento.
Había observación.
Había experiencia.
Había metodología.
Pero tenía que estructurarlo.
Fue entonces cuando comencé a dar forma definitiva al Método OÍDA®.
Y mientras lo hacía recuerdo pensar:
«Llevo toda la vida haciendo esto y parece que esté naciendo ahora».
En realidad, no estaba naciendo en aquel momento.
Estaba tomando forma.
Quince años de trabajo terminaron convirtiéndose en OÍDA®
El Método OÍDA® no apareció de un día para otro.
Detrás hay aproximadamente 15 años de estudio y desarrollo, además de una relación con la comunicación que comenzó muchísimo antes.
Cuando terminé de estructurarlo decidí protegerlo mediante derechos de autor.
El proceso tardó aproximadamente seis meses.
Y recuerdo perfectamente el momento en que llegó la confirmación.
En la documentación aparecía una expresión que me impactó especialmente:
«científica de la publicidad».
Había conseguido proteger OÍDA®.
Y, curiosamente, mi primer pensamiento no fue hacia el presente.
Volví muchos años atrás.
Pensé en aquella niña de ocho años que esperaba los anuncios.
Y pensé en mi padre sentado a mi lado viéndolos conmigo.
Después llegó la prueba que para mí era imprescindible
Tener un método protegido no era suficiente.
Yo necesitaba ponerlo a trabajar.
Y decidí hacerlo en mi propia empresa.
Rapsodia Empresas se convirtió también en terreno de aplicación de OÍDA®.
Estudiamos dónde estaba nuestro público.
Definimos a quién queríamos hablar.
Trabajamos los mensajes.
Dejamos de pensar únicamente en qué queríamos contar y empezamos a pensar en qué necesitaba escuchar nuestro cliente potencial para reconocer que aquel mensaje estaba dirigido a él.
LinkedIn fue una de las plataformas elegidas precisamente porque allí se encuentra una parte importante de nuestro mercado empresarial.
Y empezamos a crecer.
Hoy somos 10.001 seguidores en LinkedIn
La captura que acompaña este artículo muestra el resultado:
10.001 seguidores en LinkedIn.
Crecimiento orgánico.
Pero quiero insistir en algo.
Para mí, esos 10.001 seguidores no demuestran por sí solos el éxito de una estrategia empresarial ni garantizan que el Método OÍDA® produzca el mismo resultado en cualquier empresa.
Eso sería simplificar demasiado.
Lo que sí representan es una evidencia de algo que considero mucho más importante.
Aplicamos nuestra propia metodología.
Definimos nuestro público.
Elegimos una plataforma coherente con nuestro mercado.
Cambiamos nuestra comunicación.
Y construimos crecimiento sin convertir la publicidad de pago en nuestro punto de partida.
Crecimiento orgánico no significa simplemente conseguir seguidores
Aquí está probablemente la parte más importante.
Una empresa puede tener 1.000, 10.000 o 100.000 seguidores y no conseguir negocio.
Ya lo hemos hablado anteriormente.
Por eso el crecimiento orgánico de una empresa no debería medirse únicamente por el número de seguidores.
Hay que observar quién está llegando.
Quién interactúa.
Quién visita el perfil.
Quién pregunta.
Quién solicita información.
Quién recuerda la marca.
Quién recomienda.
Quién termina convirtiéndose en una oportunidad empresarial.
Y hay algo que para mí representa especialmente bien lo que ha ocurrido con LinkedIn.
Antes era yo quien buscaba constantemente a mi público.
Hoy sigo buscando oportunidades, porque una estrategia comercial nunca debe convertirse en esperar sentado.
Pero ahora sucede también lo contrario.
Hay personas y empresas que me encuentran a mí.
Eso cambia completamente el valor de una red profesional.
¿Entonces debemos dejar de invertir en publicidad?
No.
Y sería un error interpretar este artículo así.
La publicidad puede ser una extraordinaria herramienta de aceleración.
Pero antes de invertir conviene responder algunas preguntas.
¿Sabes realmente quién es tu cliente?
¿Sabes dónde está?
¿Sabes qué problema quiere resolver?
¿Tu comunicación consigue que se reconozca en lo que estás diciendo?
¿Sabes qué mensajes generan interés?
¿Tu perfil transmite correctamente quién eres y qué puedes aportar?
Si todavía no tienes respuesta para estas preguntas, quizá el primer problema no sea cuánto dinero necesitas invertir.
Quizá primero necesites entender mejor a quién quieres llegar.
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Esta es probablemente mi principal conclusión después de superar los 10.000 seguidores.
LinkedIn no hizo el trabajo por nosotros.
Elegimos LinkedIn porque allí estaba una parte relevante de las personas con las que Rapsodia Empresas quería comunicarse.
Después hubo que estudiar.
Observar.
Probar.
Corregir.
Aprender.
Y comunicar.
Lo mismo que llevo haciendo, de una forma u otra, desde que tenía ocho años y esperaba delante de una televisión a que comenzara el siguiente anuncio.
La tecnología ha cambiado.
Los canales han cambiado.
Las empresas han cambiado.
Pero hay algo que continúa siendo extraordinariamente importante:
comprender a la persona que está al otro lado.
Hoy son 10.001 seguidores.
Mañana serán más o quizá lo verdaderamente importante suceda fuera de esa cifra.
Porque nuestro objetivo nunca debería ser simplemente conseguir que nos siga mucha gente.
Nuestro objetivo debería ser conseguir que las personas adecuadas sepan que estamos hablando con ellas.

